Al llegar a Costa Adeje, la vista del océano me deja sin aliento. Aquel azul abisal, que parece de ensueño, choca con las montañas del horizonte, que abrazan la costa como un refugio maternal. El fragor de las olas estallando contra los riscos se vuelve una música tranquila, seduciéndome hacia una odisea que parecía grabarse en la memoria. No obstante, me fue imposible no dudar un poco sobre la propuesta del safari en moto de agua. ¿Sería realmente tan emocionante como prometían las publicaciones? El viento del mar me ordena la mente y me sumerge en el primer capítulo de la crónica: la ilusión.
Debido a mi poca destreza con los vehículos náuticos, las indicaciones iniciales me daban seguridad pero también algo de confusión. Ataviado con un neopreno que recordaba más a una prenda espacial que a un traje deportivo, atiendo a las explicaciones del monitor. La mezcla de su entusiasmo y el bullicio de las olas me sumerge en una atmósfera de emoción contenida. Aquí, parece que todos compartimos un mismo objetivo: liberarnos de la rutina del día a día y deslizarse sobre las aguas del Atlántico. Siento una punzada de nerviosismo al notar que algunos de mis compañeros de safari son perfectamente como aquellos intrépidos deportistas acuáticos en los anuncios.
Finalmente, la moto acuática está frente a mí. Por un momento, dudo: el motor ruge como un león enfurecido, y la idea de estar en control de semejante bestia me asusta. No obstante, al accionar el gatillo y sentir el tirón, no puedo evitar soltar una risa nerviosa. La máquina planea por la superficie, y me invade la sensación de gobernar el reino marino. Pasar sobre las olas, sentir el roce del viento y la sal en mi piel, despierta sensaciones que no había sentido en años. Aun así, una parte de mí me dice que esto es solo un gasto superfluo, una tontería para buscadores de emociones. Pero, ¿quién se niega a sentirse tan vivo en una situación tan especial?
A medida que avanzamos, el entorno se transforma. Acantilados escarpados se elevan a cada lado, y los delfines hacen su aparición. Estos simpáticos animales bailan cerca de nosotros, burlándose amistosamente de nuestra falta de pericia. Se trata de una escena que, aparte de bonita, te toca el corazón. Siento una paradoja: creía que era solo ocio, y me veo sumergido en plena vida silvestre. El tamaño del océano nos envuelve, aclarando el lazo entre el hombre y el ecosistema. La ruta, aparentemente superflua, se convierte en un símbolo de nuestra relación con la vida.
Llega un punto en que el instructor sube el nivel de emoción. Pasamos a una sección donde las olas son más desafiantes. El agua nos empapa, y el estruendo de las máquinas se confunde con nuestra propia alegría. Cada maniobra y rebote parecen pausar el tiempo, en un estallido de energía. Es ahí cuando los miedos se esfuman; la indecisión no tiene cabida. No queda más que el sentimiento de plenitud, con la sangre hirviendo de emoción. Por un instante, me doy cuenta de que lo que había considerado un capricho es, en realidad, una necesidad humana básica: experimentar, sentir y, sobre todo, dejarse llevar.
Mientras navegamos hacia un pequeño islote, estoy sorprendido por el silencio que de repente se apodera del grupo. La estética del lugar, la pureza del firmamento y el brillo marino parecen habernos hechizado. Es curioso que, entre tanta velocidad, nazca un espacio para la calma propia. Reflexiono sobre la brevedad de este momento y lo mucho que olvidamos gozar en nuestra rutina. La excursión es una metáfora de la existencia: un balance entre el caos del movimiento y la búsqueda de sosiego.
Al tocar puerto, percibo un cambio interno, una sensación difícil de describir. Quizás sea el brillo de la aventura o esa conexión especial con el océano. Las dudas que traía conmigo se han vuelto más ligeras. Cada zancada en la playa es ahora un recordatorio del viaje que acabo de experimentar. En otra situación, creería que este gasto no tiene sentido, pero veo que ha nacido una alegría nueva en mí. Percibo que peso menos, como si el Atlántico hubiera barrido la pesadez de la rutina. En ese instante entendí algo clave: no es tanto el destino, sino la forma de transitar el camino.
Al despojarme del neopreno, me invade una suave nostalgia. Como todas las aventuras, esta también tiene su final. Aun así, conservo el sonido de las risas, los colores del mar y los picos de adrenalina. La fugacidad de la vida se refleja perfectamente en estas máquinas sobre las olas. Aunque debo volver a la rutina terrestre, soy consciente de que esto me ha marcado. Sé positivamente que la ruta de motos de agua fañAbe de agua en Costa Adeje fue una bendita locura que me desconectó de las preocupaciones. Y al pisar tierra, percibo que las olas aún resuenan en mi cabeza.